Ignacio Rivoira

Comer un queso con los pies.
Subir tres escaleras en media hora
una silla y una multa.

No debería teorizarse mucho sobre el arte. Es más una sensación. A partir de una sensación se extiende el resto. El negocio del arte es una cosa y la creación es otra. Hay que asumir la primera para poder realizar la segunda. Sin embargo, no podemos entender el arte sin necesidad. El arte empieza gracias a que existe una necesidad de hacerlo. No se puede pensar en arte únicamente como obra expuesta en una sala, de esa manera sería una pérdida de tiempo. La razón de crear arte descansa en cualquier momento, es un impulso que trata de percibir y señalar algo que llama la atención del artista, una atención oculta y desprevenida. Puede ser algo existente, práctico o teórico, una idea o un cuadro, no importa, pero tiene que ser sorprendente, nuevo o renovado.
Ese momento es el nacimiento del arte, aparece porque alguien tiene el sentido de recrear algo, transformarlo, detectarlo, enseñarlo, hacerlo visible para exponerlo por encima de lo frecuente. El motivo artístico debe ser explicado utilizando un mensaje creado por el artista. Por lo tanto, sea cual sea la razón señalada, debe estar dispuesta a que el resto de la gente también pueda entenderla y percibirla. Es decir, el arte necesita público, alumnos y testigos. A partir de esta experiencia yo concibo la existencia del arte. Más adelante, entra en juego la habilidad del artista para presentar la idea que quiera transmitir, cuánto mayor sea la destreza y agudeza del creador, más fácil llegará su mensaje, más valor tiene su obra. Valor artístico, claro.