Extracto – Juan Guillermo Tamayo

Extracto

Juan Guillermo Tamayo


Los arqueólogos del futuro, si es que hay futuro para la arqueología y para los humanos, en lugar de objetos rituales hechos de barro o de metales preciosos, encontrarán en sus excavaciones capas de papel prensado por el tiempo, ciudades enteras de poliestireno expandido, extendidas aquí y allá, yacimientos de envases de aluminio apachurrados y grandes formaciones geológicas de plastiglomerados, huellas todas de nuestro breve y lamentable paso por la Tierra. Estas excavaciones mostrarán el poco ingenio que como especie tuvimos para lidiar con la abundancia de los materiales no-biodegradables que produjimos, sin poder transformarlos en algo distinto a basura. Quizás unas canchas sintéticas en Bogotá, algunas artesanías hechas tejiendo las bolsas del supermercado en sitios donde hubo turistas y, aquí, en esta vitrina, con esta instalación de Juan Guillermo Tamayo, si un meteorito cayera mañana y por cosas del destino este recinto protegiera por siglos la producción artística del hoy relativamente joven artista caleño.

Las imaginaciones que surgen sobre esta producción artística están mediadas también por fantasías entrecruzadas de hilachas de material fílmico corporativo: el arqueólogo, la nueva geología del post-apocalípsis, el meteorito, el fin de la humanidad, la posible supervivencia de micro-sociedades marginales habitando arquitecturas residuales y narrando la distopía, etcétera. En principio, el trabajo de Tamayo suele jugar con esos imaginarios fragmentarios para transformarlos en objetos: ciudades futuristas a partir de moldes de icopor vaciados, arreglos florales de plástico, historias paralelas del modernismo arquitectónico a partir de las rejas del vecino, umbrales, monumentos y modelos, palabras que resuenan en los títulos de sus obras y que hablan de procesos civilizatorios y de categorías constitutivas del diseño del mundo que, en la práctica, empobrece al reconstituirlos como reciclajes de escombros, agrupaciones de basuritas y chistes que producen tristeza al mostrarnos de frente el revés de nuestros modelos, de nuestros monumentos y de nuestros umbrales.

Extracto, suerte de escenografía escolar, tributo e insulto a la colonización mental de generaciones de espectadores de Indiana Jones y artesanía conceptual producida en tapitas de Vive 100, no se sustrae a esa complejidad turbia del resto de sus trabajos. Es triste, pero nos estamos riendo, es tonto, pero nos quedamos pensando, es precario, pero nos sentimos invitados a ese set, mil veces visto y quizás soñado por todos nosotros en algún momento de la vida, de la película colonial, llena de exotismo, de aventuras, de mil peligros e incontables trampas que amenazan nuestra supervivencia, pero que lograremos sortear con éxito, siempre y cuando decidamos ser Indiana Jones, si no blancos, blanqueados, si no justos, justicieros, si no peligrosos, exóticos, estableciendo el balance perfecto del colonizador y del sujeto colonial colonizado, incorporando pedazos de basura física y argumental para ir transformándonos en esas rocas de plástico que servirán como escenografía para futuras megaproducciones sobre nuestro anhelado final.

La negociación permanente del pesimismo y la voluntad cómica que persiste cuando rompemos en pedazos la tragedia y la ambivalencia de los signos y de los modos en que son reciclados, nos confrontan aquí sobre la manera en la que pensamos el porvenir, en la que nos pensamos en el porvenir, ya sea como turistas que ven Pompeya tras un cristal, o como cuerpos extraídos de nuestros improvisados sepulcros, donde a falta de las joyas y de los misteriosos objetos rituales que antiguas generaciones de colonizadores y de arqueólogos extrajeron sin ninguna vergüenza de estas tierras calientes, solo estaremos rodeados de chucherías hechas de todas las tapitas del guaraná gasificado que calmó la sed de nuestros días.