Estudio sobre el fin de las cosas – Colectivo Monómero

Estudio sobre el fin de las cosas

Colectivo Monómero


Sin pensarlo demasiado, tres de las cuatro exhibiciones que han tenido lugar en esta vitrina en lo que ha corrido de 2019 se han ocupado, de una u otra manera, de presentar distintos aspectos de una “arqueología del futuro”. El simio empuñando un fémur de Carlos Bonil, las culebritas de Vive 100 de Juan Guillermo Tamayo y, ahora, esta instalación museal del dueto Camacho-Samboní, nos hacen caer en cuenta de que los artistas parecen estar pensando en la arqueología como posibilidad de un futuro que estamos produciendo desde hoy.

¿Qué quiere decir esto? ¿Por qué se da esta coincidencia de miradas? ¿Qué significa pasar de una concepción del artista como a etnógrafo, tan popular hace un par de décadas, a una del artista como arqueólogo? En principio, como es evidente, implica que los artistas entienden con claridad que el fin del mundo ha llegado, que la posibilidad de futuro se ha cerrado para nosotros como especie y que, solo las ruinas de nuestro presente quedarán y, en ese sentido, deben ser dejadas listas, narradas, organizadas en taxonomías diversas para que alguien, tal vez no humano, las vea en siglos o milenios y trate de comprender nuestros modos de vida y también nuestras estructuras de auto-aniquilación.

Estas prácticas forenses, por llamarlas de alguna manera, nos ponen en relación con un conjunto de ideas que van desde la relación con el foro, es decir, con la idea de lo público y, por extensión, con la administración de justicia y la construcción de verdad: quién y cómo fuimos asesinados y, un poco más lejos, con esa acepción de lo forense como forastero, como eso que viene de afuera y que se queda por fuera, que no pertenece a lo “nuestro”.

El arqueólogo excava para mostrarnos las ruinas, los vestigios de un mundo que ya no está más: construcciones ancestrales, utensilios o instantáneas de la vida diaria de una población sepultada sorpresivamente por la lava del Vesubio que conservó por siglos la escena perfectamente congelada de unos amantes muertos durante la cópula, de una familia cenando o de unos niños durmiendo con sus juguetes. La muerte, pues, como gran museo del pasado, como mausoleo de nuestras semejanzas con quienes desaparecieron, como preservación del nombre y del linaje.

Sin embargo, el arqueólogo del futuro debe construir su vestigio, producir la ruina propia y ajena, debe matar y diagnosticar la muerte, pues, aunque sabemos que ya todo se acabó, aún seguimos andando, cargando la condena pero resistiéndonos a la evidencia de que ya es demasiado tarde.

Monómero se ocupa de producir esos cadáveres, de embellecerlos, de conferirles una dignidad que no tuvieron en vida. A partir de una recolección de lo peor de nuestra época, de la peor industria, del peor diseño masivo, de la inutilidad y la disfuncionalidad absolutas, del descarado comercio de esa basura que ya nos mató, el colectivo desprende una nueva capa, nos muestra el relleno de un molde, el “revés de la trama”, por llamarlo de un modo muy en boga también por estos días, intentando quizás conferirle algo de dignidad a nuestros destinitos fatales, a nuestra estupidez absoluta, a nuestra despreocupación por la permanencia y al desdén permanente de vivir. Las piezas que componen esta instalación son ruinas perfectas, un poco imperfectas, un poco misteriosas, un poco divertidas sin ser un chiste. Son cadáveres llenos de afecto y de afectación, son una vuelta de hoja a la triste historia de nuestro final, donde vemos que hay belleza en nuestra miseria, donde el relleno de muchas carcasas nos devuelve la materialidad de un cuerpo ausente. Donde podemos decir, con un poco de nobleza, que estamos desapareciendo para dejar el camino libre a alguien más, a otros que quizás se abrirán camino descomponiendo plástico, una nueva civilización que con destreza evolucionará a partir de la Ideonella sakaiensis, esa bacteria capaz de alimentarse descomponiendo el Tereftalato de polietileno, más conocido como PET, esa materia de la que está hecha toda la basura no degradable que cubre el planeta hoy. Quizás, para esa civilización, estas piezas de Monómero tendrán un carácter sagrado y, si no es así, con seguridad les parecerán, al menos, sabrosas.