Esperando mejores tiempos – Sofía Reyes Guevara

Esperando mejores tiempos

Sofía Reyes Guevara


And is this what you wanted

To live in a house that is haunted

By the ghost of you and me?

Leonard Cohen. Is this what you wanted?

Entre las casas en las que viven los artistas colombianos, la de Sofía Reyes ocupa un lugar destacado. Un apartamento en el barrio La Merced de Bogotá –zona de preservación arquitectónica, llena aún de casonas y mansiones de estilo Tudor transformadas en oficinas por las que, junto a la infamia del frío, la lluvia y la neblina, Bogotá se creyó en algún momento la fantasía de ser la Londres de América latina– en el que Sofía vive en un encierro relativo del que se ufana a menudo en todas sus redes sociales, publicando, bajo la afirmación: “acá en la casa”, un conjunto disperso de imágenes tomadas de internet que nunca dejan un buen sabor en la boca pero que nunca resultan estériles o sencillamente chocantes. Lo que dejan esas imágenes es la duda de cuál es la experiencia de la vida doméstica que esa persona que publica las imágenes tiene realmente. ¿Es en realidad su casa un nido de serpientes? ¿Guarda esqueletos en rincones diversos? ¿Se está incendiando la vivienda mientras ella contempla desapasionadamente la escena? ¿Hay allí fantasmas, posesiones, o momentos de hastío opresivo que nos hacen querer bostezar? ¿Es su casa un lugar de seducción, de amantes incontables y de lágrimas? Bajo la afirmación “acá en la casa”, Sofía construye un imaginario que nos hace pensar en si su vida es realmente así como nos la muestra en imágenes robadas de sabrá dios qué grupos de Reddit o tableros de Pinterest y, más allá, nos lleva una y otra vez a preguntarnos por qué nuestra vida en nuestras casas no es así como la que ella dice tener en la suya.

El apartamento de Sofía es elegante y acogedor. Las paredes están cubiertas de imágenes, obras de otros artistas y suyas también, puestas en un balance que evidencia el tiempo de una mirada que se ha detenido muchas veces en la determinación de simpatías, coincidencias y mutuas amplificaciones. Cada objeto está en su lugar, perfectamente escogido; las plantas, vivas, las superficies, limpias de polvo. Cuando entras, te sientes de inmediato acogido aunque también tácitamente compelido a no dispersar tu desorden en ese oasis. El apartamento de Sofía es, de muchas maneras, un autorretrato de Sofía, así como como nuestras propias viviendas son también formaciones que nos retratan. 

Sin embargo, convivir con Sofía, aún conservando cierta distancia, no es tan fácil como visitar su apartamento. Sus días son a veces de un encierro espartano, consagrado al trabajo y al cultivo de la voluntad, donde no tienen cabida ni tú ni nadie más que ella misma y sus fantasmas. Otros días, Sofía está poseída por un espíritu dionisiaco del festejo y de la destrucción, sin conciencia alguna de las consecuencias de su desmadre, sin posibilidad de resistirse a su voluntad de terminar por el suelo. 

Entre la casa en la que vive Sofía y esta que ha construido está la tensión de las contenciones y las erupciones. Esta tensión, esencialmente agustiniana, más que un autorretrato, configura una confesión. Entre la ruina del espíritu y el hogar que ofrece solaz, el trabajo de Sofía podría, en instalaciones, fotos robadas o películas de fragmentos tomados y rearmados con una belleza pasmosa, dar voz a una súplica, que todos repetimos aún sin saber, pero que Agustín de Hipona supo decir con palabras tan bellas que, aún en su pobreza, construyen la promesa de una casa que un día ya no será la ruina ante nuestros ojos, sino esa en la que todos tendremos regocijo:

Angosta es la casa de mi alma para que vengas a ella: sea ensanchada por ti. Ruinosa está: repárala. Hay en ella cosas que ofenden tus ojos: lo confieso y lo sé; pero ¿quién la limpiará o a quién otro clamaré fuera de ti? De los pecados ocultos líbrame, Señor, y de los ajenos perdona a tu siervo.