Dominio de la extinción

Luisa Ungar

También los micos sufrían los estragos de la bonanza puesto que servían de señuelo para los
tigres […] Con los grandes exterminios llegaron –algo desconocido en una selva– los chulos. Y
con los chulos –providencialmente– los chulavitas, la Violencia. 
Alfredo Molano. Selva Adentro

It takes a monkey to buy a shirt in Leticia, it takes a monkey to buy a pant.
El gringo Tsalickis, primer narco contrabandista de fauna amazónica.  


A mediados de 2012, Luisa Ungar se encuentra con el depósito del Instituto Humboldt, en Villa de Leyva, Boyacá. A ese lugar llegaron, entre los 60 y los 80, entre muchas otras partes de animales, las pieles de mamíferos y reptiles, entregadas al desaparecido Inderena, incautadas en acciones policiales que perseguían la caza ilegal, el tráfico y la tenencia ilícita de especies en vías de extinción. A partir de ese descubrimiento, Luisa aborda una investigación en la que se interesa en la recopilación de testimonios, la articulación de vínculos y la construcción de un cuerpo de referencias para entender desde puntos de vista cruzados lo que las pieles de estos animales significan, en tanto “objetos sin sistema”, como ella las define. Por fuera del interés científico, de la ley que las expropia, de la futilidad de su catalogación y del comercio que hace de esas pieles un fetiche que nos permite entrever las construcciones estéticas de clase en el país, queda una pura carcasa seca en la que el cuerpo del animal está a la vez ausente y
manifiesto, como una comunidad de fantasmas enarbolando las banderas de su propia desaparición.

Dice Ungar:

Ellos dicen que primero estaba la naturaleza salvaje. Un paisaje para interactuar desde el despojo, la exploración, la domesticación o el usufructo. Y que después del cambio ya era una naturaleza para ser protegida, una entidad (de derechos). Ellos hablaban a nombre de la naturaleza para su protección. Ella dejaría de estar, así, completamente muda. Son los primeros síntomas del paso del extractivismo al proteccionismo. Se fundan instituciones para promover el control sobre la extracción de recursos naturales y aprovecharlos bien y los ambientalistas dan ahí los primeros pasos hacia los territorios como áreas protegidas y reguladas en sus usos de la fauna y la flora. Se arman peleas y negociaciones y el INDERENA, que luego sería el Instituto Humboldt, incauta algo de las pieles exóticas que se exportan en grandísimas cantidades fuera del país entre las décadas del 60 al 80.  

Cientos pieles de mamíferos entre tigrillos, zainos, osos hormigueros, osos de anteojos, micos y dantas que están apiladas en una capilla del Instituto Humboldt dan testimonio de la explotación desmedida que ha sufrido este territorio, donde al tigrilleo –un modelo esclavista de intercambio que implementaron los primeros colonos que habían llegado al Llano, víctimas de la violencia del centro del país– se sumaron el caucho, la marihuana, la coca, la minería y la palma. El despojo. Pero estas pieles incautadas (y fuera ya de sus cuerpos) carecen de sentido:  En un limbo legal, ya no sirven para nada. Son cosas inútiles. Cosas sin sistema. Fuera de un andamiaje de conocimiento donde el significado es dado por el uso, quedan mudas.  Ya no tienen las condiciones necesarias para servirle a la ciencia pues no son catalogables –carecen del metadato y no se conocen sus condiciones de recolección–. No sirven ya para el mercado del printing exótico por viejas e ilegales, no sirven para hacer plata al narcotráfico y están fuera de las cosmogonías de las comunidades que convivían en la caza y en el rito con los animales de los que esas pieles fueron arrancadas.

*Agradecimiento especial al Instituto Alexander von Humboldt por permitir el uso de estas pieles
en esta instalación