cortina de humo – carlos gómez

Cortina de humo
Carlos Gómez


It’s the disease of the age

It’s the disease that we crave

Alone at the end of the rave

We catch the last bus home

Placebo. Protect me from what I want

Como una especie de Jenny Holzer que ha reducido la frase a la medida de un emoji, Carlos Gómez ha venido creando, desde hace mucho (afirmación comprometedora cuando se habla de un artista joven), series de objetos y ambientes en los que creemos ahorrarnos el tiempo malgastado en la lectura porque “el tiempo es dinero” pero donde, más bien, son nuestras aspiraciones fallidas las que ponen en evidencia el proceso narrativo de la obra que, sin ambigüedades, nos pregunta cuánto hemos trabajado, qué hemos consumido y qué es lo que hemos conseguido, obligándonos a responder con apenas el icono prealfabético de una carita sonriente, de un signo pesos, de una casita o de un signo + (que no sabemos si es la cruz a cuestas).

En Cortinas de humo, Gómez pone a circular nuevamente partes de 24/7, una masiva instalación previa (escasamente presentada como parte del requisito académico para recibir el título de Artista), construyendo con parte de los mismos elementos (nueve cortinas metálicas de 170 x 120 cms) una pieza completamente nueva. En la compresión de una pieza en la otra, Carlos establece una pregunta tácita por el estatus de la obra en virtud de sus diversas articulaciones y nos hace preguntarnos por la estabilidad de unos signos que, usados en una u otra pieza, generan conversaciones distintas con su público. Como una matrioshka, Cortinas de humo  indaga por el valor de un signo tras otro signo, tras otro signo más, que constituyen y ocultan a la vez, capas de información que, al hacerse ininteligibles, dan vida a una abstracción que produce confusión y malestar.   

¿Qué es lo que ocultan estas cortinas de humo? ¿Por qué nos llenan de malestar? ¿En qué medida nos encierra o nos acorrala esta malla de muchas capas contenida dentro de un espacio que bien podría ser una vitrina comercial? 

De alguna manera, estas mallas, barrotes soft, por llamarlos de algún modo, se han convertido en el espectáculo mismo de la opresión de sus espectadores, quienes no necesitan ser ya físicamente privados de su libertad, pues ya en la inmediatez del retorno a la comunicación prealfabetica, de la reducción de todas sus expectativas, han sido separados de los otros, evaluados, infantilizados y confundidos. Damos vueltas en la noche, consumidos por el fuego. Dice Guy Debord en un fragmento de su película:

El carácter ilusorio de las riquezas que la sociedad actual pretende distribuir, de no haberse ya reconocido en todas las demás materias, quedaría demostrado suficientemente por la simple observación de que es la primera vez que un sistema de tiranía sustenta tan mal a sus familiares, sus expertos y sus bufones. Siervos agotados del vacío, el vacío les paga con moneda por ellos mismos acuñada. Dicho de otro modo, es la primera vez que los pobres creen formar parte de la élite económica, a pesar de la evidencia contraria. 

Tanto en Debord como en Gómez está presente esa evidencia del vacío que anima las formas de nuestra vida reducida a nada y que nos mantiene, a golpes de noticiero, en el pánico infinito de convertirnos en Venezuela, de manifestar nuestro descontento y de elevar la voz por esa dignidad que dejamos arrebatarnos. Como en la canción de Placebo, “solos, después de la fiesta, tomamos el último Mío a casa”.